lunes, 16 de octubre de 2017

TyG Basic: El Dado de Ataque


Tesoro y Gloria empezó con un "y sí..."

Por aquel entonces yo estaba dirigiendo una campaña de Mod20 (ya hablaremos de eso en otro momento), pero a pesar de mi juventud yo había comenzado con la Marca del Este, un retroclón, con la CA negativa, los pg escasos y los elfos como clase de personaje. Pero centrémonos en lo de la CA negativa.

El concepto de la CA negativa siempre me ha gustado, pero es verdad que en general es una mecánica poco intuitiva. Así que un día me pregunté cómo podría hacer que lo fuera. Algo tan sencillo como tirar y saber de un sólo vistazo si el ataque era un éxito o no, en lugar de tener que mirar una tabla o tener que andar sumando o restando incómodos modificadores. Como buen rolero que soy, me encantan los dados, así que tras pensarlo un rato decidí que ahí estaba la solución. En los dados, todos ellos. Simplemente había que tirar y obtener un resultado igual o menor en el dado de turno. ¿Cómo mejorar las posibilidades? Tirando dados más pequeños. ¿Cómo empeoran? Tirando dados más grandes. Así surgió el concepto del Dado de Ataque, abreviado DA.


En Tesoro y Gloria, cuando un personaje quiere realizar un ataque, lanza su DA correspondiente con el objetivo de obtener un resultado igual o menor que la CA del enemigo. Los modificadores al ataque simplemente cambian el DA a utilizar, y eso es todo. Cada clase de personaje comienza con un DA distinto. Los magos comienzan con 1d20, la mayoría con 1d12 y los guerreros y enanos con 1d10. Además de simplificar muchísimo el tema de la CA, ha demostrado en las sesiones de testeo que agiliza mucho el combate, tanto en cálculos como en ritmo. Como os podéis imaginar, ya desde nivel 1 los personajes tienen una probabilidad de impacto bastante más alta (y también lo tienen los enemigos claro), lo que soluciona otro de los problemas que a menudo me había encontrado jugando a retroclones, momentos en los que en dos o tres rondas de combate ni personajes ni enemigos acertaban nada.

Este es el primer y más notable cambio respecto a otros juegos de la familia OSR, y la semilla que lo comenzó todo.

De regalo, un lobosabio, una de las criaturas de las Tierras Salvajes.

martes, 10 de octubre de 2017

Tesoro y Gloria: el juego de rol

Al fin, tras largos meses de planificaciones, dudas y consultas, estoy listo para anunciar Tesoro y Gloria, el juego de rol de fantasía heroica.


Tesoro y Gloria es un proyecto personal que al fin me he decidido a sacar, un juego de rol fantástico que comenzó como un "y si..." y ha terminado como un juego de entidad y naturaleza propia. El juego no recibe su nombre por casualidad. Las mecánicas están enfocadas a alimentar los aspectos que considero fundamentales de la mayoría de las partidas de fantasía, con el objetivo de representar fielmente el verdadero espíritu del juego. Los personajes no son héroes en una cruzada contra el mal, ni elegidos con una misión sagrada. Los personajes son aventureros, una panda de pillos y mercenarios que están en esto por dos motivos: el Tesoro y la Gloria. Y más o menos vienen a ser lo mismo. 

El sistema ofrece mecánicas para ayudar a los jugadores (y al máster) a representar mejor un mundo de constante peligro y aventura, a evitar que los jugadores se dediquen a acumular Tesoro sin descanso, animándoles a gastarlo en las más disparatadas tareas a cambio de la Gloria. Porque en este juego no hay Px, hay Gloria, tal cual, que al fin y al cabo viene a ser lo mismo pero dicho de forma más interesante. Un eficaz sistema de Habilidades permite generar personajes que, aún perteneciendo a la misma clase, demuestren utilidades y capacidades distintas, ¿qué tal un Guerrero con Robar? ¿O un Montaraz con Cortesía? ¿Y un Enano con Sigilo? Incluso si pertenecen a la misma clase, la elección de Talentos durante la subida de nivel asegura que los personajes puedan enfocarse en distintos aspectos de su clase. Un Mago puede convertirse en un guerrero capaz de unir acero y magia, o en un sesudo erudito de conjuros terribles.

Aunque bebiendo directamente del OSR y con una base bien cimentada en los juegos de esta familia, TyG es original, nuevo y distinto. El combate es más rápido y letal, las clases funcionan de otra manera y la magia no se parece en absoluto a lo que hayáis podido ver en otros juegos OSR. Por supuesto viene acompañado de una ambientación propia, Alkenburgo y las Tierras Salvajes, un escenario de fantasía oscura dedicado a la hexploración, con un inmenso territorio mapeado a hexágonos, lleno de tablas, encuentros y misterios que resolver.

Os dejo con el borrador de la portada, un magnífico trabajo de +Imanol Etxeberria, que va a ser el encargado de ilustrar el juego. Aquí creo que queda representado todo aquello que arriba he intentado explicar.
A partir de ahora, contad con empezar a ver más noticias, ilustraciones y material sobre el juego por aquí. Podréis haceros con él... cuando esté listo :P

lunes, 2 de octubre de 2017

El Barco de Velas Rojas (Capítulo VII.3) - Fin del Capítulo VII

Las voces de los pelágicos seguían coreando himbos de victoria para su campeón, el estruendo superaba incluso al de la tormenta que los rodeaba y la embarcación temblaba bajo sus aullidos. Varios de ellos se arañaban y cortaban con sus propias armas, derramando su sangre que barrida por las olas regresaba al mar, una impía ofrenda para dioses durmientes. Anbisen y su criatura aguardaban rodeados de los Cuatro de Largoinvierno, inmóvil Anbisen como una estatua, inquieto su parásito como un niño hambriento hurgando en los restos de su comida favorita, despedazando poco a poco al servidor divino. Distraído por el éxtasis devorador de su deidad, Anbisen fue incapaz de anticiparse a Ator, que golpeó al capitán con el canto del escudo en la cabeza. Sonó un terrible crujido, y Anbisen se tambaleó, la cabeza abierta y sangrando. Flecha surgió en la luz de un relámpago a su lado, y hundió su cuchilla hasta el mango en su costado antes de desaparecer con el trueno. Finalmente el parásito desistió en el castigo del cuerpo de Henk, para regresar a su fiel adorador y sanar sus heridas. El semiorco cayó de rodillas, habiendo abandonado su espada, la mano en el pecho y ensangrentado. Ator no le dio un momento de respiro a su enemigo, y se arrojó contra él con el escudo por delante, empujándolo contra la borda. El golpe pilló desprevenido a Anbisen, que aún estaba recuperándose de sus heridas, y trastabilló varios pasos hacia atrás. Flecha entonces apareció a su espalda, y le puso la zancadilla. Anbisen cayó al suelo de espaldas, y aunque Flecha se apresuró a acuchillarlo una última vez, el parásito estalló en una tormenta de tentáculos que se agitaban furiosos en todas direcciones, sin orden ni concierto, pero que obligaron al cuchillo a retroceder. El cuerpo de Anbisen se retorció de formas grotescas, ahora parecía que el parásito había obtenido el control y reptaba por la cubierta descontrolado, mientras las extremidades de Anbisen se agitaban y rugía poseído por una furia monstruosa. La tormenta se recrudeció.

Los pelágicos abandonaron entonces toda cautela, y se abalanzaron sobre los héroes. En este momento Henk se alzaba, las plegarias al dios solar le habían devuelto la salud, aunque se tambaleaba aquejado por un mal que ni el poder divino había podido sanar, impuesto por los repugnantes tentáculos del dios parásito. Aún y todo, aferró su espada para dibujar un círculo de acero y muerte a su alrededor. Ator junto a él, se cubría con el escudo mientras usaba un largo cuchillo para mantener a raya a los pelágicos. Con ellos resistía también Ilais, golpeando con su bastón cada cráneo a su alcance, los dientes apretados y el gesto compuesto en horror y desesperación.

La criatura en la que Anbisen se había transformado recorría la cubierta agitando sus apéndices sin control, dañando en su frenesí incluso a sus propios aliados. Pero estos, lejos de apartarse o de horrorizarse por las heridas, chillaban y cargaban vigorizados con cada laceración, inspirados por los violentos espasmos de su sacerdote y su dios, cargando a la batalla como si hubieran olvidado por completo su vida propia, convertidos en espectros vengadores, hambrientos devoradores, olas de hueso y coral ávidas por devorar las orillas del mundo. Poco a poco, los Cuatro de Largoinvierno retrocedían. Ilais recibió un corte en su brazo izquierdo, que sangraba en abundancia. A Ator le hirieron la pierna, que ahora temblaba por el esfuerzo de sostener su peso. El veneno en la sangre de Henk ardía como fuego, y su mirada temblaba, su espada perdía fuerza. Flecha contuvo el aliento. Era el final.

Se escuchó un trueno. Le siguió un relámpago. La cubierta del barco de velas rojas estalló en una nube de astillas y pulpa sanguinolenta. El caos surgió entre los pelágicos, que miraban ahora hacia una nefasta forma que se acercaba, con toda la tela desplegada y rompiendo las olas, surcando la tormenta como si el soplo de Manannann estuviera tras sus velas. Y un hombre con un ojo muerto al timón.

Lo más seguro es que nos estará esperando Anbisen no es tonto, y hoy hemos montado un buen escándalo. Así que nos estará esperando. Sus hombres estarán abajo festejando, así que tendrá que recurrir a sus otros aliados. Los pelágicos. Daiyu ya nos dijo que participaron en el asalto al barco de velas rojas, es probable que tengan algún trato.

El problema es, si decide salir del puerto, y llevarnos mar adentro en medio de una tormenta. Estaremos completamente aislados, sin posibilidad de huir. Necesitamos aliados que puedan navegar a través de una tormenta. Y sólo conocemos a una persona capaz de hacer eso.

¿Cómo nos encontrará? No tendrá ni que buscarnos, la tormenta le llevará directamente a nosotros. Pensadlo bien, ¿no es extraño que Ator acabara millas mar adentro en aquella tormenta? ¿O que el barco que preparaba aquella emboscada contra Anbisen pareciera dirigirse a él, tal como Ator nos lo ha contado? La tormenta es una trampa, Anbisen es un pirata y un saqueador, no quiere hacer naufragar los barcos, quiere saquearlos. Las tormentas no hunden los barcos, los arrastran a sus manos.

Nosotros mantendremos ocupado a Anbisen y a los peces. Luego, Amaríz y Cátigo lanzarán el asalto por sorpresa… de acuerdo, el abordaje, por sorpresa. Y todo habrá acabado.

Las cuerdas volaron y los ganchos se clavaron en la madera del barco de velas rojas. Hombres furiosos, ebrios de agua de mar y sedientos de sangre saltaron sobre la cubierta para tomar a sus enemigos. Las espadas de acero cortaron escamas y abrieron las tripas de aquellas aberraciones submarinas como las herramientas de un pescatero. La oleada inicial despejó el rincón en el que los héroes habían caído, que a duras penas se pusieron en pie. El ardor inicial dio paso al terror, cuando los piratas finalmente se encontraron cara a cara con la cosa que era Ormzar Anbisen, el señor de la Ruinosa. Se había erguido, finalmente, pero la mitad de su cuerpo seguía deformada por aquella horrible cosa que era su dios, agitando sus apéndices ansioso por tomar para sí la cálida sangre de las Gentes de la tierra, cambiando en formas monstruosas la anatomía de su anfitrión, alterando la posición de sus ojos, de su boca, mostrando a ratos sus huesos y a ratos incluso sus entrañas. Bajo la lluvia, el rayo y el trueno, la visión era capaz de helar a cualquiera de puro terror.

Anbisen dio un paso hacia delante. Los hombres retrocedieron. La risa de Anbisen sonó inhumana, monstruosa y terrible, como una caja de truenos a dos voces distintas tocada por un hombre loco. Anbisen dio un paso. Los piratas retrocedieron. Anbisen se abalanzó sobre ellos. Los piratas no tuvieron tiempo a retroceder. Los hizo pedazos con sus manos desnudas mientras su dios se alimentaba de ellos, y los demás huyeron llenos de espanto. Los pelágicos recuperaron entonces el coraje. El avance de la marea de espadas se detuvo, para ser sustituida por una marea de sangre. Sangre humana, sangre viva. Con Anbisen al frente, los pelágicos devoraban terreno sobre la cubierta dejando nada más que pedazos a sus pies.

Aún heridos y exhaustos, los héroes de Largoinvierno se unieron a la resistencia, conscientes de que si no detenían la marea de muerte, también ellos se verían arrastrados a los abismos. Rugiendo y ávidos de venganza por la derrota anteriormente sufrida, Ator y Henk (este abrazando plenamente su alma salvaje, su ardiente sangre orca) se abalanzaron sobre Anbisen, frenando su avance temporalmente. Aunque trataban de rodearlo, sus esbirros lo defendían, apenas contenidos por las trémulas espadas de la chusma pirata que representaba la última y fatal esperanza de los aventureros, que ya ni sentían el cansancio, el miedo ni la muerte próxima. Era inútil, sin embargo, y ellos lo sabían.

¿Y cuál es el plan si todo eso falla? Estaremos en mitad del océano, rodeados de enemigos, imposible escapar, imposible vencer… ¿Qué haremos si todo sale mal?

Anbisen, con la victoria en la mano, había acorralado a la tripulación restante contra el puente de mando. Arriba, Cátigo mantenía la vista fija en el horizonte, su embarcación firme y el rostro sereno. Abajo una caterva de hombres… qué digo hombres: piratas deshechos, restos enviados por Despojos contra su amo y señor, contra el amo y señor de estas aguas, y de lo que bajo ellas habita.
  • ¡Entregaos voluntariamente a mi - habló una voz que era la de Ormzar Anbisen, pero también la de su inmundo dios - y conoceréis la gloria, el éxtasis de la transformación, del toque de la divinidad y el amor incondicional de aquello a lo que tanto tiempo habéis servido! ¡Enfrentaos a mi, y conoceréis la angustia de un olvido que va más allá de las nieblas y una agonía infinita, una pesadilla formada por vuestras mentes fracturadas por un arrepentimiento sincero! ¡Sacrificaos a mi, y no habrá más miedo, ni dudas, y todo será perfecto y os sentiréis iluminados!
Los piratas temblaban, ninguno entendía lo que aquella monstruosidad de carne palpitante decía. O casi ninguno.
  • Patético. Vuestra debilidad será purgada, sublimada por la carne de los dioses. Y comenzaré por las cuatro ratas que hoy al amparo de la noche abordaron mi barco de velas rojas.
  • ¡Cinco!
Anbisen torció rápidamente la cabeza hacia lo alto, donde vio subida a las jarcias, la esbelta figura de Flecha, con un arco en la mano izquierda, y un puñado de flechas en la derecha. Inútiles, de todas maneras, con aquella tempestad.

Si todo lo demás falla, Flecha hará lo que mejor se le da: ser un incordio.

  • Tienes fama de imbécil, Flecha, pero creí que llegarías a contar. Hay tres de Largoinvierno aquí ante mi, y un cuarto sobre mi cabeza. Tu dramática revelación, estúpida sin duda, no es ni una sorpresa para mi, ni resulta correcta tu cuenta. Baja, y deja de avergonzarte.
  • Sé contar, bicho. Cinco.
  • Cinco. Insistes, pero sé bien que cuatro llegasteis al puerto, fuisteis cuatro los que atacasteis a mis hombres en una de sus rondas de… reclutamiento, y cuatro los que entrasteis por las Puertas de Bronce, porque cuatro son los Héroes de Largoinvierno, y cuatro pereceran esta noche.
  • Parecías listo, bicho, pero va a resultar que eres más tonto de lo que parece. Todo lo que has dicho es cierto, palabra por palabra. Y aún así, te equivocas. Cinco es nuestro número esta noche, y cinco éramos los que abordamos el bote.
  • ¡No trates de confundirme, lengua de niebla! ¡Sólo vi cuatro sobre el puente!
  • Bueno, ahí está el truco. - le dijo Ilais desde el fondo de de la formación, una desafiante sonrisa dibujada sobre su cansado rostro.
El pecho de Anbisen estalló en una flor carmesí con un pistilo de pura plata que reflejaba el magno destello de los relámpagos. Surgió una conmoción alrededor del temible capitán e impío sacerdote, los pelágicos lanzaban gritos que incluso una criatura humana podían comprender como de contricción y angustia, mientras el amo y señor de Despojos, el amo y señor de aquellas aguas y de lo que bajo ellas habitaba, luchaba por mantenerse en pie, la cosa que lo habitaba luchando por abandonar el cuerpo mientras el toque del aquel dardo de plata en el pecho del gigante lo quemaba como fuego sagrado. Y a la espalda del monstruo, Otavio sostenía una espada recta de hoja leve como un suspiro pero firme como una creencia, adornada con bronce en la empuñadura y un bordón teñido de rabia adherido a la misma. 

El último sortilegio de Ilais llegó a su fin.

Flecha será un incordio, para que Otavio pueda apuñalarlo con la espada mágica.

domingo, 24 de septiembre de 2017

El Barco de Velas Rojas (Capítulo VII.2)

  • ¡Martilo en su forja! - invocó Henk, imponiéndose sobre la tormenta.
La lluvia sobre su cuerpo comenzó a unirse, a aglomerarse, y de pronto Henk llevaba puesta una armadura de mallas sobre el cuerpo, el agua que la había formado transformada en duro metal. Sobre su cabeza, un yelmo de aspecto magnífico. Ilais a su lado agitó el bastón y pronunció palabras arcanas, que tomaron la forma de un abanico de escarcha que se abalanzó sobre los pelágicos que se acercaban por estribor. No sólo quedaron cubiertos de hielo, muchos moribundos y anclados a la cubierta, si no que la lluvia que caía se convirtió en peligrosos carámbanos que hirieron a otros alrededor. Henk y Ator se situaron en vanguardia, y tras una rápida invocación Ator mostraba ahora otra armadura de mallas sobre su cuerpo, donde debería haber estado un simple coleto de cuero. Flecha sacó dos largos cuchillos, y sonreía despiadada. Ilais se mantenía cerca de Henk, mientras rebuscaba conjuros en su bolsa y en su mente. Los pelágicos llegaron.

Sus armas de hueso y coral, aunque encantadas con profanos conjuros de las profundidades oceánicas, carecían de la dureza necesaria para romper la dura malla. Los guerreros sufrieron varias magulladuras, pero confiando en sus protecciones contra aquellas pobres armas, Henk y Ator tajaban a su alrededor con la fuerza que la desesperación concede. Henk blandía pesadamente su gran espada y con cada golpe saltaba sangre negra y las filas de los pelágicos mermaban. Pero al lado de Ator, parecía estar arrancando las hierbas con la mano, mientras Ator las segaba. Su hacha subía, bajaba, giraba, torcía… y nunca abandonaba limpia su posición. Su escudo estaba siempre donde debía estar, a veces arma, cuando con un poderoso golpe hacía retroceder a un pelágico partiéndole el brazo o las costillas, a veces ángel de la guarda, cuando desviaba (no detenía, desviaba; Ator no era ningún novato) un golpe directo a sus piernas. Flecha bailaba entre ambos combatientes, de alguna manera siempre a salvo, siempre al margen de sus ataques, mientras sus compañeros le cubrían sus cuchillas acudían como llamadas por las gargantas y las manos de sus enemigos, y con ellas incluso desviaba o frustraba los golpes contra sus amigos. Sus heridas a los pelágicos eran una molestia incesante, una picadura quizá no letal, pero sí dolorosa. Los heridos conocían su misericordia, los sanos se convertían en heridos, y al final todos caían. Ilais se mantenía cerca, blandiendo su bastón con ambas manos y golpeando a diestra y siniestra, partiendo cráneos cuando la ocasión lo requería, apartando a los que se acercaban demasiado. Los golpes a su alrededor se detenían justo antes de tocarla, o eran misteriosamente desviados por la invisible mano del destino, conjurada a su favor por la hechicera.

Incluso aquellas monstruosidades primigenias debían conocer el significado del miedo (o quizá fuera algo nuevo para ellas), pues sus ataques perdieron intensidad, sus lanzas dejaron de buscar la carne de sus presas con tanto ahínco. Retrocedieron, y un círculo mortal se formó alrededor de los Cuatro de Largoinvierno, que jadeaban y sangraban por una docena de heridas, pero sonreían. A sus pies, al menos una docena de pelágicos yacían sin vida. Quizá la mitad de los que allí se encontraban.

Ator jadeaba satisfecho, embargado por la emoción de la batalla, dispuesto a todo, capaz de ello. Anbisen estaba ahora allí, frente a sus escamados esbirros (o tal vez asociados), y con los dientes desnudos. Una ola barrió la cubierta, pero la pesadilla seguía allí cuando pasó. Inamovible.

Anbisen avanzó hacia los héroes, los pelágicos formando un pasillo, murmurando y barbotando, sus pálidos y bulbosos ojos siguiendo su imponente figura como el pez sigue el anzuelo. Ahora que lo tenían ante sí, los compañeros de Ator tuvieron que admitir que los relatos del guerrero no tenían nada de exagerado. Había algo terrible e inhumano, monstruoso, en la figura de Anbisen. Provocaba un terror que poco tenía de racional, si bien había razones en abundancia para temerle. Había algo más, despertaba un terror instintivo y primigenio, debido quizá a algo que era demasiado sutil para captar con la mente, como una sombra en el límite de la mirada, o un olor ahogado por una multitud. Había algo, pero no se podía precisar el qué.

Hasta que su piel saltó. La piel de Anbisen se revolvió con vida propia, lanzando zarcillos y tentáculos hacia ellos. Como el impío sacerdote que habían visto en aquella caverna bajo las olas. Una muestra de devoción absoluta, en la que uno se sacrificaba a sí mismo a las oscuras divinidades de las profundidades, a través de la carne ascendido a su magnificencia, alcanzada la comunión definitiva con el objeto de su adoración. Qué celos debían sentir los miserables adoradores de los dioses mortales, de los dioses del mundo bajo la bóveda celeste y no marina, incapaces de sentir tan íntima unión, forzados a mantener su fe en vagas promesas y tenues milagros, pero siempre acosados por la duda, incluso el más devoto de ellos temeroso del silencio, incapaz de saber con certeza si obró bien, si su dios le favorece, si está contento, si realmente le escucha. Anbisen no conocía el silencio, y su amor y su fé eran una certeza absoluta, pues su dios estaba con él, siempre y a todas horas. Era parte de él, y en susurros le informaba de sus deseos y de sus juicios. De su amor, y de sus apetitos.

Henk invocó el nombre de Heru para detener los tentáculos. Ante la visión de un campeón de su dios, y de su propio dios, los pelágicos enloquecieron gritando en extático frenesí, agitando las armas y pateando la cubierta. Anbisen llegó tras su piel, golpeando a Ator con sus manos desnudas en el estómago, toda su fisonomía espantosamente deformada por el parásito que lo cubría, uno de sus ojos arrastrado por el mismo hacia delante cuando había atacado, algunas costillas visibles bajo el manto de piel y carne parásita, la dentadura a la vista deformada en una sonrisa monstruosa mientras la carne se agitaba y convulsionaba. Con hambre. Ator aguantó el golpe formidablemente, aunque ni siquiera la cota de mallas que vestía por la gracia de Martilo pudo detener el impacto por completo. Entonces el parásito saltó hacia delante, en busca de la deliciosa carne humana que ante él se exhibía. Fue obligado a retroceder, sin embargo, ante una enérgica cuchillada de Flecha. Anbisen no perdió el tiempo, y su mano se abalanzó a por el cuello de su enemigo. Flecha tuvo el suficiente sentido común como para saltar hacia atrás, mientras Ator, ya recuperado, descargaba un hachazo sobre aquella masa espasmódica y palpitante.  El hacha cortó la voluble carne del parásito, pero los tentáculos lejos de retraerse se abalanzaron sobre la mano que la empuñaba y Ator tuvo que soltarla. Henk entonces apareció a la espalda de Anbisen, y blandiendo su espada con ambas manos cortó a través del costado de Anbisen. La sangre cubrió todo su costado en un momento, e Ilais conjuró entonces escarcha sobre el coloso, tratando de encerrarlo en una prisión helada. La escarcha recubrió su cuerpo formando enormes cristales, pero el orco rugió y la cristalina prisión saltó en pedazos. El parásito entonces se abalanzó ávidamente sobre la herida sangrante, que se cerró casi al instante. Mientras tanto, varios de los tentáculos se abalanzaron sobre Henk, que no pudo retroceder a tiempo. Los tentáculos se aferraron a la cota de malla, y tiraron de ella atrayendo a Henk hacia un fatal abrazo. Se colaron entre los huecos de su armadura, y hurgaron en su carne como taladros, arrancando piel y músculo, penetrando cada vez más hondamente en el cuerpo del semiorco mientras sangraba y aullaba de dolor.

lunes, 18 de septiembre de 2017

El Barco de Velas Rojas (Capítulo VII.1)

Capítulo VII

  • ¿Cómo te gustaría morir?
  • Salvando a otros. - Henk no se lo pensó ni un momento, el ritmo con el que frotaba su espada con aceite ni siquiera vaciló.
  • Hacerle esa pregunta a Henk es una pérdida de tiempo, Flecha. Estaba bastante claro. - refunfuñó Ator afilando su hacha.
  • Pero lo que yo pregunto es de qué forma concreta. El cómo, no el por qué.
Henk dejó de frotar la espada y frunció el ceño. Se lo estaba pensando. Ator se le adelantó.
  • Yo, decapitado.
  • ¿Por algún motivo en especial? A mi me parece bastante truculento.
  • Quiero saber si cuando te cortan la cabeza te mueres enseguida, o aún estás ahí dentro un rato.
  • ¿Y si resulta que sí lo estás? ¿No sería aún más espantoso? - le preguntó Henk.
Ator sencillamente se encogió de hombros.
  • Un tiempo más de vida que ganaría, ¿no?
Flecha lanzó una ufana sonrisa mientras se acodaba sobre la roca a la que se había encaramado. Henk se decidió a hablar.
  • Creo que a mi me gustaría morir atravesado por cien lanzas enemigas, ni una esquirla del cuerpo sin cubrir de sangre, ni un pedazo de piel sin abrir, después de haber resistido tanto como se podía resistir, saber que hice todo lo que pude hasta el final. - el semiorco meditó unos momentos su respuesta, hasta que pareció satisfecha con la misma y continuó frotando su espada.
  • ¿Y era yo el truculento? Qué mejor que una muerte rápida, y que además resuelve un misterio. ¿Y tú, Flecha? ¿Cómo te gustaría morir?
  • Mi caso es especial, porque yo no me voy a morir.
  • Cierto, siempre se me olvida. - dijo Ator con una sonrisa.
  • Eh, no lo digo yo, me lo dijo una golondrina de otoño, y todo el mundo sabe que las golondrinas de otoño no mienten.
  • No hay golondrinas en otoño, Flecha. - gruñó Ilais desde el otro lado de la roca, sin despegar las narices de su libro.
  • Pero si tuviera que morirme… - continuó echándose sobre la roca, a mirar el cielo gris que descargaba lentamente y a base de caricias un suave manto blanco. - Si tuviera que morirme, me moriría en el mar. Desangrado, ahogada o como fuera, pero en el mar. Así me convertiría en espuma de mar, como en ese cuento, y podría recorrer el mundo entero y ver todas las costas, y escuchar todas las historias y todas las canciones que los marineros cantan y cuentan por las noches.
Henk se abstuvo de indicar que la respuesta de Flecha era muy parecida a la que había dado él al principio. Peor, de hecho: era un dónde, no un cómo. Pero Flecha podía hacer trampas. El silencio duró un momento, mientras se recreaban en la imagen.
  • En la cama, rodeada de mis nietos y mi familia, agarrada de la mano del hombre más maravilloso del mundo.
La respuesta llegó del otro lado de la roca.
  • ¿Es que no hay ya para nosotros otro destino que una muerte violenta? - Ilais apareció junto a ellos en pie, agarrada a su bastón y con su habitual gesto de malhumor. Quizá para ocultar su miedo, su preocupación.
  • Eso que has dicho no está mal. - evadió la pregunta Ator echándose el hacha al hombro, sonriendo mientras se acercaba a la brujilla. Si Ilais estaba ya en pie, es que pronto tocaría ponerse en camino. - Pero espero que alguno de nuestros nietos estuviera dispuesto a cortarme la cabeza, para cumplir el último deseo de su querido abuelo.
Ilais pasó de largo sin alterar el gesto siquiera. Los demás la siguieron, Ator el último. Y un poco más encorvado y mosqueado que los demás.

Habían pasado muchos años desde entonces. Flecha sonreía mientras recordaba la historia. Sabía que no iba a morir, pero si se daba el caso… bueno, sería en el mar. Y con un poco de suerte Ator y Henk cumplían también. Una pena lo de Ilais, sin embargo, aunque igual había cambiado de opinión respecto a cómo quería morir. Habría que preguntárselo luego.

La tormenta rugía, e incluso a Ator le costaba mantener el equilibrio sobre la cubierta, mientras un millar de monstruos (o eso parecía) los acechaban. Y el mayor de todos ellos, los miraba con el torso desnudo desde el puente. Los brazos cruzados, sin ceder ni un ápice, sin tambalearse ni un momento, bajo aquella tempestad de locura. Las luces de Despojos habían desaparecido por completo, engullidas por la repentina tormenta. Y el barco de velas rojas surcándola hacia el negro infinito.

Una voz resonó con meridiana claridad por todo el barco. No restalló como un trueno, no se impuso sobre aullante viento ni hizo enmudecer el fragor de la lluvia. Se escuchó, porque exigía ser escuchada. Se escuchó porque en aquella embarcación, esa voz gobernaba incluso sobre los elementos.
  • Enhorabuena. Por un momento dudé de vuestro valor, ¿o es que no les has hablado de mí, Ator?
El guerrero miraba fijamente a lo alto, con el hacha empuñada y el escudo en ristre. Todos ellos llevaban armaduras ligeras, cuero y madera, el equipo perfecto para una escaramuza, para cortar gargantas en la oscuridad y matar en la noche. Pero del todo inapropiada para una batalla. Era bueno comprobar, sin embargo, que ninguno de los espantosos pelágicos que les rodeaban poseía armas de proyectiles. Vivir bajo el agua no alentaba a su uso.
  • Por eso hemos venido, Anbisen. Parece que a ti también te han hablado de nosotros.
  • Por eso han venido ellos. - señaló a los diablos escamados con un escueto gesto de sus portentosos brazos.
  • ¡Baja aquí y libra tus propias batallas! - rugió Henk, alzando su espada. Un gesto muy desaconsejable en una tempestad, por cierto.
  • No han olvidado lo que hicisteis en su templo. No han olvidado que matasteis a su sacerdote, y a su anfitrión. Esta es también su batalla. - Anbisen se apoyó sobre la barandilla. - Me he asegurado de que me reservarán uno para mí. Ahora, luchad.

Uno de los hombres pez abrió la boca, y un grito rasposo, como un último estertor alargado demasiado tiempo, un grito profundo y desagradable y viscoso y muerto emergió de su estómago. Un grito de guerra, una maldición, una llamada a la matanza. Los pelágicos avanzaron. No gritaron como su compañero, no se lanzaron a correr (sus cortas piernas probablemente no lo habrían permitido). Eran una marcha silenciosa, una marea armada de hueso y sedienta de muerte. Arriba, Anbisen se enderezó.

viernes, 15 de septiembre de 2017

El Barco de Velas Rojas (Capítulo VI.3) - Fin del Capítulo VI

  • Conspiremos, Amaríz.
  • Estupendo. Veréis, amigos míos, el mayor problema al que nos enfrentamos en esta conspiración no es encontrar el coraje para acometer el acto en sí, o ni siquiera encontrar los medios necesarios para tal fin o la potencia necesaria para hacerlo de forma contundente y decisiva, si no encontrar la oportunidad, la ocasión y momento oportuno que nos permita acometer la hazaña que nos ocupa.
  • El bocazas quiere decir que lo complicado va a ser tener la oportunidad de acuchillar a Anbisen, no el acuchillarlo en sí. - explicó Otavio.
  • Debe ser que no lo ha visto de cerca… - murmuró Ator.
  • Mi viejo amigo tiene razón, eso es exactamente a lo que me refiero. Anbisen es astuto, y lo peor de todo es que está locamente enamorado del mar, no en balde ha dado la vuelta al mundo e incluso ha visitado los lejanos puertos de Oriente adonde tan sólo los más avezados marinos logran llegar tras atravesar mares repletos de peligros, tormentas y horrores. Rara vez baja a tierra, me atrevería a decir que ni siquiera lo necesita realmente, y si ha pisado la Ruinosa fue únicamente para dejar claro quién era ahora su dueño. Esta tendencia se ha intensificado todavía más desde que se hizo con esa magnífica embarcación, quizá por temer que si la abandona alguien fuera a quitársela. Un temor muy razonable, si me preguntan a mí.
  • Entonces entramos en ese barco. Ator ya lo hizo una vez. - expuso muy razonablemente Flecha.
  • Me pescaron como a un atún…
  • Abordar el barco de velas rojas puede ser una auténtica locura. Además del problema de llegar hasta allí y abordarlo (que hay casi cuatro metros hasta la borda) hay toda una tripulación pirata allí esperándonos. - dijo Ilais.
  • No, no la hay. Bueno, no la habrá.
Todos miraban a Ator, que daba vueltas a su bebida pensativo.
  • Cuando me marché de ese barco, Anbisen les había prohibido tocar tierra. Tenían botín, y Anbisen los tuvo encerrados como castigo por su cobardía. Cuando regresen, lo harán victoriosos, con más botín y echando humo, a punto de reventar. Incluso con el terror que Anbisen inspira… tiene que dejarlos salir, o le estallará en la cara. Así que, la noche siguiente a su llegada, estarán todos de juerga.
  • ¿Él también?
  • Eso ya no lo sé.
  • El caballero Sangre de enano aquí presente tiene un buen punto. Si Anbisen se queda en el barco, será vulnerable. Si sale, también, aunque si queréis mi oponión particular, se quedará en el barco. De una forma u otra, es una situación ideal para llevar a cabo nuestros planes.
  • Muy bien, esto es lo que vamos a hacer.
Ilais se había puesto en pie mientras miraba seriamente al centro de la mesa, como si allí pudiera ver un mapa invisible que mostrara con todo lujo de detalles el puerto de Despojos entero. Los Héroes de Largoinvierno sonrieron: a partir de aquí, podían considerar el trabajo hecho.


“No podemos actuar sobre supuestos, así que lo primero es averiguar si Anbisen está efectivamente a bordo o no.”

  • Mierda, este sitio no es la mitad de bueno que Las Puertas de Bronce.
  • ¡Qué dices! Tenemos aquí bebercio y mujeres hermosas, ¿cómo iba a ser esto peor?
Pero Kaar sabía que su compañero tenía razón. No es que las Puertas de Bronce fueran su local favorito, no es que fuesen un local para ir cada noche… pero cuando dabas un golpe como el de hoy, lo ibas a celebrar a las Puertas de Bronce. Era lo que había que hacer, lo correcto. Puede que la Ruinosa fuera el gobierno de Tur Ukar, pero las Puertas eran su templo. Y cuando el templo y el gobierno se llevaban mal, las cosas se iban a pique. Sin embargo, el Mástil Mojado no estaba nada mal. Los mejores cuerpos de Despojos se ponían aquí a su disposición, ni las Puertas de Bronce podían igualarla en eso. El sitio parecía una tienda de campaña gigante, las paredes cubiertos por largas cortinas de tela (se probó una temporada con el terciopelo, pero no duraban nada) que se unían todas ellas en el centro del techo, sujetas allí por un inmenso mástil que servía también como columna maestra que sostenía toda la estructura. La planta era circular, a grandes rasgos, con dos pisos: en el de arriba se encontraban las habitaciones, en el de abajo las mesas, divanes y un par de apartados tenuemente iluminados con lámparas de vidrio rojo.
  • Bien que nos lo hemos ganado… joder, la última pelea ha sido infernal, los guardamarina del rey son duros. Sí, pero… ¿has visto lo que hemos conseguido? Un cargamento entero de polvo de trueno… ¡y cañones! A los cabrones no les dio tiempo más a hundir dos de esas maravillas antes de que les echásemos la mano encima.
Kaar gruñó satisfecho. Anbisen era un buen jefe. El mejor que había tenido hasta la fecha, de hecho, y eso que había servido a Jamark Orralsen en las Tierras Solitarias.
  • Es una pena que el barco de velas rojas no tenga dónde ponerlos.
  • Podríamos pedirle a unos carpinteros que hicieran un apaño.
  • No. Anbisen no dejará que lo toquemos, y no me extraña. Podríamos estropear su magia. Invoca tormentas, tampoco es que le hagan falta cañones.
  • Tampoco estarían mal  algunos truenos de más en esas tormentas.
Tenía razón, claro. Quizá un día tuvieran que vérselas con un buque de guerra, y con tormenta o sin ella… Kaar había visto una vez un buque de guerra, cuando empezó con esto de la piratería. Recordaba muy bien los gritos del capitán (un hombre patético y débil que murió unos meses después durante un abordaje, acuchillado por su primer oficial) casi tomados por el pánico mientras ordenaba dar media vuelta de inmediato. Y por supuesto había oído historias.
  • ¿Y dónde está ahora Anbisen?
  • En el barco, como siempre, ¿dónde iba a estar si no? - gruñó el orco a su compañero mientras intentaba centrarse en la danza de la morena aquella.
  • ¿De qué hablas?
  • ¿No me has preguntado tú dónde estaba el capitán?
  • No, joder.
  • Huh. - pero Kaar no le dio mayor importancia, la morena se acercaba meneando las caderas y una sonrisa que prometía de todo, menos aburrimiento.

“Una vez hayamos confirmado que, efectivamente se encuentra en el barco de velas rojas, hay que llegar hasta él.”

Una noche del Jalven, eso es lo que esta noche era. Fría, húmeda y oscura como el corazón de un demonio. Una noche del Jalven, como solía decir su viejo padre, que en paz descanse. Gonze escuchó entonces silbar una melodía, y se le erizaron todos los pelos del espinazo. Oír silbar en una noche como esa no era bueno, no era bueno en absoluto. Dejó de tejer la red al momento y escudriñó la oscuridad mientras echaba mano del tridente. No, no era bueno en absoluto. Hay dos cosas que silban, los hombres y las flechas. Y las dos matan, como decía su viejo padre, que Yor lo guarde.
  • ¿Cuánto por su bote, buen hombre?
Una figura había aparecido, casi como salida de la nada, justo al borde de la luz de su fiel lámpara. La voz era jovial, pero Gonze, que era viejo y había vivido mucho (y entre piratas), reconoció el tono mordiente de una amenaza en el fondo de la pregunta.
  • ¿Cuánto por su bote, buen hombre?
Gonze entonces pensó en las historias que su viejo padre, que la pala de Yor cave hondo su tumba, le había contado, tantas veces mientras zurcían las redes a la luz de su vieja lámpara, de los espectros de la isla y sus caprichos. De la pregunta hecha tres veces, y la respuesta apropiada. Sus manos temblaban al sujetar el tridente.
  • ¿Cuánto pides?
  • No pido mucho, buen hombre, pido lo que esté dispuesto a ofrecerme. Así que, ¿cuánto por su bote, buen hombre?
Ah, la tercera pregunta, como en las historias. Gonze se secó las narices, que le goteaban de miedo, y para eso tuvo que soltar el tridente, que agarrado por una sóla mano temblaba aún más, como si quisiera escapar de esa mano. El viejo pescador no le culpaba: él quería hacer lo mismo. Por suerte, su viejo padre, que la Dama le guiara bien, le había contado las historias.
  • Mi vida. Mi vida por el bote, mamúa.
  • Bien, buen hombre, tu vida por el bote. Es mucho, pero es lo que pides. Buenas noches, buen hombre, descansa tranquilo.
La figura desapareció, como si nunca hubiera estado ahí. La puerta de la chabola se abrió.
  • ¿Gonze? ¿Con quién hablabas? - su mujer, arrugada como él, miraba preocupada las manos de su marido temblar sobre las redes, y el tridente en el suelo.
  • Con un mamúa, Ibel, que ha venido a verme. Me ha preguntado el precio de mi bote, tres veces, y yo he respondido bien. - soltó un suspiro. Empezó a calmarse.
Lo importante era no olvidar las historias, si uno no olvidaba las historias, estaba a salvo. Al final, torció el gesto y dejó la red donde estaba. Entró en la casa y se sentó junto al fuego, como hacía su viejo padre, que Yor lo guarde, y se dirigió a sus hijos.
  • ¿Os he contado alguna vez - les dijo - el cuento de Miren y el mamúa?
Sus hijos, algunos ya mayores, le miraron con los ojos brillantes, y empezó a contar.

Flecha, mientras tanto, echó el bote al agua mientras sus compañeros se montaban, allí en alguna de las pedregosas calas de Tur Ukar, y de Despojos no se veía más que el relucir de sus fuegos. Ya en el agua, Flecha esperaba que el viejo pescador se acordara también de que, en la historia, Miren encontraba un saco de monedas enterrado donde el mamúa se había aparecido por la noche.

“Si nos hiciéramos con el bote con antelación, alguien podría sospechar. Después de conseguirlo, nos acercaremos desde fuera de la bahía, amparados por la noche. Por lo que nos has contado, el barco lo atracan siempre al borde de la propia bahía, justo en la entrada (no tiene por qué temer a las tormentas) y es de esperar que estarán vigilando embarcaciones que se acerquen desde Despojos, no desde el mar.”

La figura del barco de velas rojas se recortaba contra la brillante y caótica Despojos como un monstruo acechante, una amenaza de la que las gentes del puerto nada sabían, capaz de golpear en cualquier momento, pero entretenida en una ensoñación. Un dragón durmiente. Henk y Ator remaban en silencio, ni una luz para iluminarles, pero Ilais los guiaba con precisión, apoyada en la borda, sus ojos parecían atravesar las tinieblas sin dificultad, uno de sus conjuros. Cuando estaban a un puñado de varas de distancia de la embarcación, los aventureros se echaron al agua.

“No podemos correr el riesgo de golpear el casco con la barca y que eso alerte a los guardias.”

Apenas les separaban cinco largas brazadas desde el bote hasta el barco de velas rojas, pero fueron unas brazadas angustiosas. Ator parecía tranquilo, había pocas cosas que le asustaran, y Flecha era demasiado inconsciente como para conocer el miedo. Henk constantemente miraba el agua negra y se imaginaba endemoniados hombres pez saliendo de las profundidades para atraparlo. Ilais, imaginaba la criatura que no era ni pulpo, ni hombre, ni pez, durmiendo allí abajo, en algún lugar, durmiendo y soñando con un mundo en el que ellos no tenían lugar. De todos ellos, era la que mejor entendía el miedo.

Llegaron a la cuerda del ancla, y comenzaron a trepar. El ancla estaba efectivamente atada por un cabo, y no por una cadena. La cuerda era vieja y rugosa, ancha como el torso de un hombre y trepar por ella era cosa sencilla. Flecha avanzaba en vanguardia, con un cuchillo entre los dientes (esto le hacía particular ilusión), boca abajo y sin esfuerzo, tan silenciosa como la brisa. Ator la seguía con el hacha atada a su espalda, y un ligero escudo de madera: normalmente hubiera preferido uno más pesado, pero había que nadar. Henk e Ilais iban los últimos, por ser los menos hábiles. Y porque Henk era tan incapaz de ser sigiloso como un buey de bailar, a pesar de ciertas historias que Flecha contara.

Cuando Flecha llegó a la cubierta, vio enseguida que había dos guardias allí apostados, con cara de malas pulgas y bebiendo de una botella mientras jugaban a los naipes. Con cuidado, Flecha preparó la honda y Ator empezó a acercarse. La piedra salió volando, y golpeó a uno de los hombres en la cabeza. Ni le dio tiempo a gritar antes de caer seco, mientras su compañero de naipes se ponía en pie y buscaba a tientas su arma, Ator cruzó en dos zancadas el espacio que los separaba y con un golpe al cuello lo dejó sin voz y sin vida. Henk e Ilais llegaron poco después, y todo estaba en calma.

Un relámpago restalló en lo alto, y le siguió el profundo derrumbe de un trueno. La lluvia rompió sobre sus cabezas barriendo la cubierta, el barco comenzó a balancearse, cada vez con mayor violencia. Un segundo relámpago partió los cielos, iluminando una escena de pesadilla. Manos escamosas y armas de hueso y coral asomaban por los bordes, seguidos de ojos bulbosos y pálidos, dientes aserrados y pies palmeados. Y sobre el puente, un gigante en la tormenta les miraba con los dientes desnudos.

El barco empezó a moverse, alejándose del puerto.